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June 30 Un Robin Hood muy cobardeHoy empieza la Feria Medieval en Santiago. Pienso ir, pienso ir, lara la laaaaaaaa...
Hay un pueblo precioso, Noia, en el que este tipo de feria lleva celebrándose ya varios años. Y es todo un éxito. Allí la gente participa mucho más que aquí, se disfrazan, el suelo está cubierto de paja... es una pasada, realmente te trasladas en el tiempo.
Hace seis años ocurrió algo muy frustrante, pero muy divertido... Mi amiga Marta y yo fuimos a pasar una tarde, para llevar a sus hijas. Ánxela, de 10 años, iba de la mano de su madre. Yo llevaba a la pequeña, Laura, que tenía 4 años. Las crías (y nosotras, la verdad), se lo estaban pasando pipa viendo un puesto de cetrería. En esto que me dice mi amiga... "mira, Robin Hood y la alegre pandilla de Sherwood"... Anda, pues sí. Había uno guapísimo... Hasta le sentaban bien los panties y todo (¡qué piernas!)...
Me mira... le miro... me guiña un ojo... pestañeo... me sonríe... le sonrío... da un paso hacia mí... y al verme con una niña pequeña... ¡¡¡¡salió pitando!!!!
JODDDDDDDDDD... ¿Dónde se ha visto un Robin Hood tan cobarde? Pues si me llegan a capturar los esbirros del Sheriff de Nottingham, les deja que me torturen, y todo. Pos vaya. Qué triste es que un mito se desmorone... June 25 "Neniña, ¿estás embarazada?"Entre mis muchísimos defectos está la falta de paciencia. Sobre todo, con determinadas personas. Con los cotillas, los maledicentes, los que no tienen nada mejor que hacer que contarte la vida y milagros de todo el pueblo, que roban tu tiempo, que buscan enemistarte con todo el mundo... no puedo con ellos, de verdad.
Yo tengo una vecina así. No es mala persona, pero si no se entera de TODO lo que pasa en el pueblo, no es feliz. Cuando echa la lengua a pacer, más vale que empieces a temblar. Además es de las que te acorralan, y sólo puedes escapar siendo descortés.
El otro día vino por la tienda. Yo ya había cerrado la puerta y estaba agachada recogiendo unas cosas. Al oír el golpe que dio (que casi me rompe el cristal, la muy...), me levanté rápido y abrí. Y me mareé, como le pasa a todo el mundo. Vio que me tenía que apoyar en la puerta y la bienpensá me preguntó:
-Neniña, ¿estás embarazada?
Se me pasó el mareo de golpe. No me puedo marear por tener un problema de cervicales, o porque no me encuentro demasiado bien, o por cualquier causa de mareo habitual, no. Tiene que ser porque estoy embarazada. Así que le respondí lacónicamente...
-Sí...
Evidentemente, quiso saber quién es el padre de mi (supuesto) bebé, pero no se lo dije.
No, tranquilos, no estoy embarazada. Pero ella cree que sí. A ver lo que tarda en llegarme el cuento de que la chica de la parafarmacia está preñada de sabe-Dios-quién... Y lo que tarda en decir que aborté, al ver que no hay bebé por ningún lado... en fin... June 23 Pero neniña, ¿qué me miras así?Dicen que si miras a los ojos de la gente, puedes ver su alma. A mí no siempre me ha funcionado, pero es que miraba mal... debe de ser por eso que ahora soy miope...
Mi abuela Marisa era muy joven y muy guapa. De hecho, yo la estuve llamando "mamá" mucho tiempo, porque como era la nieta mayor, no tenía referentes de otros primos que la llamasen "abuela". Con la abuela Sofía era distinto. Sofía era viejecita y regordeta, como tienen que ser las abuelas. Marisa era joven y tenía una tienda. Las abuelas no trabajan (fuera de casa), por eso me costaba llamarla "abuela".
Yo sabía que mi abuela Carmenchu, la madre de mi mamá, se había muerto muy joven. Mi madre tenía sólo 2 años, y su hermana unos meses. Tres años después, mi abuelo se volvió a casar, se casó con Marisa, que era muy, muy joven. Yo no tenía ningún problema en decirle a todo el mundo que tenía tres abuelas, la madre de mi papá, y las madres de mi mamá.
Pero un día, mi madre me dijo que Marisa no era su madre, sino su madrastra. Uy... me preocupé. Mi madre debía de haberse vuelto loca, o algo así, porque las madrastras son todas unas malérrimas brujas pirujas cuyo único afán en la vida es fastidiar a sus hijastros, y Marisa no era nada de eso, que era muy joven, muy guapa y muy buenísima. ¡No tenía nada que ver con la madrastra de Blancanieves ni la de la Cenicienta! ¿Cómo iba a ser madrastra? Además, mi madre siempre la llamaba mamá...
Mi madre, con toda la paciencia del mundo, me explicó lo que era una madrastra, y que no necesariamente eran malas, y que ella llamaba "mamá" a Marisa porque cuando su padre se volvió a casar, ella sólo tenía 5 años (y rompió un cristal de un puñetazo porque no la dejaron ir a la boda, menuda armó la niña... Tonterías de la época, al casarse con un viudo, la pobre Marisa tuvo una boda "de tapadillo"). Aún así, no me convencía nada aquello. Tenía que fijarme en qué se le notaba a Marisa que era "madrastra".
Esperé con impaciencia que llegase el verano para volver a Galicia (vivíamos en Cartagena). En cuanto llegamos a Ribeira, me fui pitando a la tienda de mi abuela. Le di un beso y un abrazo, y me senté en sus rodillas, a mirarla mucho...
"Ruliña, ¿qué me miras?"
"Nada, nada, abuela, son cosas mías" (ya se me había pasado la etapa de llamarla "mamá")
Y vuelta a mirar... acercaba tanto mi rostro al suyo que se chocaban las narices... Mi abuela estaba extrañada y muerta de risa, y la tía Mercedes (su hermana y socia en la tienda), ni os cuento... Y vuelta a mirarla... Pero nada, que no pillaba yo el asunto... En fin...
Se me encendió la bombilla. "Se lo preguntaré al abuelo, que lo sabe todo y es un mago muy listo". La consulta de mi abuelo estaba justo encima de la tienda de la abuela.
"¡Abuelito, holaaaaaaaaaaaa!"... Tuve que esperar, porque había pacientes en ese momento, así que me dediqué a "ayudar" (léase "dar por saco", pero con buena intención) a Manola, la auxiliar de clínica (que poco después se convirtió en mi tía Manola). Cuando el abuelo terminó, entré en tromba en su despacho... Otro abrazo, otro beso, y a contarle mis cuitas...
"Abuelo, es que mamá dice que la abuela es una madrastra, y eso no puede ser, porque las madrastras son malas, pero mamá dice que no, y yo he estado mirando a la abuela, y no sé dónde se le nota que es madrastra, y mamá no me puede haber dicho una trola porque las mamás no dicen trolas, pero..."
Manola entró corriendo para ver si todo estaba bien, tan increíble fue la carcajada del abuelo...
Cuando por fin dejó de reirse, de hipar y se pudo secar las lágrimas (que le llevó un buen rato, por cierto), bajamos juntos a la tienda. Le explicó a la abuela el motivo de mi examen visual exhaustivo, y volvieron a reirse todos (a todo esto, habían llegado ya mis padres a la tienda).
¡Qué lata de mayores, siempre riéndose de todo! Pero al final, pude entenderlo. Si es que no siempre llega con mirar... June 16 El ZocoDesde hace algunos años, los Bancos y Cajas de Ahorros se han convertido en zocos... tiene guasa la cosa... ¿Quieres una bici de montaña? Ellos la tienen. Solo tienen un modelo, eso sí, y unos mil millones bisiestos de veces más cara que la que puedas encontrar en cualquier otro lugar, pero como la pagas en cómodos plazos vitalicios, ni te enteras, oye. ¿Quieres una cubertería? Ídem. ¿Un nórdico? En el BLU (Banco de Ladrones Unidos), oiga... QUE ME LO QUITAN DE LAS MANOOOOOOOOOOOS...
En mi banco me ofrecen día sí y día también cosas que NO quiero y que NO necesito. Y mira que les digo... "no me ofrezcais nada, que ya sabeis cual es la respuesta"... Pero nada, ni caso. Vale, yo sé que ellos tienen que venderte agua de lluvia en medio del diluvio, así que este escrito no es para picar a los curritos, sino a sus jefes.
A ver, señores jefes de los bancos-en-los-que-comprar-de-todo-oiga... Escúchenme, si hacen el favor...
Si yo quiero una cubertería, me voy a Casa Sole, que es un bazar de toooooooooooooda la vida de Dios que está cerca de mi antigua casa. Allí puedo escoger la cubertería que me salga de los trinchantes. Escoger el número de piezas, el modelo, y comparar precios. No se crean ustedes, señores banqueros, que soy una pérfida que quiere hacerles perder dinero, faltaría plus. Piensen que los de Casa Sole pueden ser clientes de vuecencias. Que si yo compro allí la cubertería, ellos ingresarán mis dineros en su entidad, para que ustedes puedan lucrarse a gusto. Si yo, en cambio, compro la cubertería en la entidad de sus vuecencias, lo que fomento es la morosidad, porque como no la habré comprado en Casa Sole, los de Casa Sole tendrán problemas para pagarles a ustedes el préstamo X que les hayan obligado a contratar. No podrán abonar las cuotas pendientes y se irán al carajo. Y no es eso lo que queremos, ¿verdad?
Pues si sus vuecencias aceptan el consejo de una humilde currita... dedíquense a lo que saben hacer. Será mejor que matice: dedíquense a lo que saben hacer... honestamente, que robar ya sabemos que lo hacen muy bien. Ustedes gestionan el dinero, cobran unas comisiones (siempre elevadísimas, by the way), y punto pelota. Lo de vender gepeeses, televisiones de plasma, anillos de zafiros, juegos de maletas, cuberterías, juegos de pasta y demás... déjenlo para las tiendas de gepeeses, de televisiones de plasma (uséase, de eletrodomésticos y electrónica), a las tiendas de anillos de zafiro (léase joyerías), etcétera, etcétera, etcétera.
No querrán encontrarse con un montón de letras impagadas porque las tiendas de a pie se han arruinado por su competencia desleal, ¿verdad? Pues eso. Mahabbat dixit. (Es que hoy estoy guerrera)
P. D.- El día en que en mi banco me ofrezcan jarabe de diente de león, me oyen. Vaya si me oyen... June 11 Comprobaciones empíricasCuando era pequeña, siempre oía eso de "¿Crees que el dinero crece en los árboles?". La verdad, no era mala idea... Debía de tener unos tres años cuando me convertí en ladrona para que todo el mundo tuviera dinero.
Me habían enseñado el milagro de la lenteja. Sí, ese que hemos hecho todos, de poner una lenteja entre algodones húmedos y ver cómo germina. A mí me tenía fascinada. También me habían explicado que las plantas crecen en la tierra, que está llena de nutrientes, y que sembrando una semilla de manzana, tenías un árbol graaaaaande, graaaaaaaaaaaaande, que daría muchas manzanas después. Y así con todo aquello que sembrásemos... de un hueso de melocotón salía un melocotonero, de las pepitas de sandía que tanto me gustaba, saldrían montoooooones de sandías... ¡qué bien!
Así que empezó a rondarme por la cabeza la idea de un árbol de dinero. Claro, si sembrabas una peseta, saldría una planta pequeñita que sólo daría pesetas... si sembrabas un duro, la planta sería un poco más grande, y los frutos valdrían más... y así sucesivamente...
Pedí unas monedas a todo el mundo. A mis padres, a mis tíos, a mis abuelos... pero no quería decirles para qué eran, porque quería darles una sorpresa. Ellos pensaban que era porque quería comprar chucherías, y, muuuuuuy de vez en cuando, me las compraban ellos. ¡Pero no me daban dinero! Así que me dediqué a mangar todas las monedas que pude. Ya verían ellos... Las plantas serían mías y muy mías (se ve que ya me rondaba el principio de "la tierra, para el que la trabaja"), aunque les devolvería el valor de las semillas. Y, por supuesto, sería muy generosa, y podrían venir a coger los frutos cuando quisieran. Al fin y al cabo, son los mayores los que manejan el dinero, ¿no?
En la casa de mi abuela Sofía había un patio interior bastante grande. Allí jugábamos en verano, y durante las lluviosas tardes del invierno compostelano, escuchábamos la lluvia golpear furiosamente la uralita que había arriba del todo. Mi abuela tenía allí sus macetas, sus plantitas...
En un macetón enorme sembré yo el fruto de mis latrocinios. Mi abuela estaba intrigada, porque le había pedido un tenedor pequeñito que fuese sólo para mí, y que me dejase regar siempre las plantas. El tenedor era un improvisado arado, perfecto para mis manos pequeñitas. Y así pasé una temporada, regando, arando, cuidando mi tesoro...
Pero... jopetes, qué rollo... allí no salía nada. Freí a preguntas a todos los adultos que conocía, para ver cuánto tardaba en crecer un árbol. Nadie me daba una respuesta exacta.
Un día me harté. Cogí mis herramientas de jardinería (es decir, el tenedor y una regadera de juguete muy preciosa que tenía), y decidí ver qué coño pasaba. Bueno, qué pasaba (era muy pequeña para decir tacos). Desenterré las monedas... ¡Qué disgusto! No tenían ni raíces, ni germinaciones de esas, ni nada... es más, se habían puesto muy feas. Todo ese trabajo para nada... Me dio tanta congoja que me puse a llorar... Llevé los cadáveres de las monedas al salón, donde estaban los mayores, y, entre lagrimones, les conté mi disgusto. Se echaron a reir, con lo cual, además de la pena, me entraron ganas de darles un par de patadas, por no entender que estaba muy triste porque mi trabajo no había servido para nada. Es duro comprobar empíricamente que el dinero no crece en los árboles...
Pero no me riñeron por mangar el dinero. Al fin y al cabo, lo había hecho por una buena causa. |
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Gracias por dejar tu huella. Que la Diosa te bendiga.
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